Gordi...
Ayer empecé a escribir un cuento para mi lindo gatito Summy.
Gordi era un gatito pelusillo y juguetón.
Pelusa le llamaban, desde que a los pocos días de nacer, ponía su pelo erizado para aparentar más tamaño, ya que había sido último en nacer, y en la camada quedaba esperando a que los demás se saciaran de la leche de su mamá.
Eso hizo que descubriera lo que rodeaba el nido.
Vivían en un trastero de una casa de madera. En una granja, o masía, según queramos situarla.
Aunque arrastrando su barriguita, sus merodeos no eran pocos. Pronto alcanzó a llegar a las cuadras en que las vacas cuidaban de sus recién nacidos terneros, y sorbió habidamente la leche encharcada en el suelo, cuando algún ternero, apartando, bruscamente su boca de las ubres de la madre, dejaba caer tan preciado líquido.
Pronto, Pelusa dejó de esperar su turno y se alimentó a base de leche vacuna.
Cuando Pelusa supo imponer sus criterios, decidió ser llamado Gordi.
Así había oído que llamaban al chico del granjero, o masovero, según queramos referenciarlo.
Para él era halagador ser llamado con nombre de humano.
No entendía que ese chico respondiera con disgusto a la llamada. Se acercaba a él alegre y levantando su rabo, ronroneando a su alrededor.
Anoche me acosté pensando en Julito.
Así se llamaba el niño.
Julito no podía soportar las risitas de sus vecinitos.
Se acercaban a él y decían por lo bajini "¡Gordi!".
De inmediato, si Pelusa estaba cerca, iba tras ellos como si le hubieran llamado.
Eso hizo que todo el mundo se acostumbrara a llamar a nuestro gatito por el nombre de Gordi.
Sólo Julito recordaba que era él quien le había puesto el nombre de Pelusa, cuando lo veía esbarrufarse frente a sus pequeños hermanos.
Los gatitos iban a la suya, pero Pelusa mostraba maneras.
Eso a Julito le gustó. Pelusa era su favorito.
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Barcelona, 14 de abril de 2011